Carta de J.R.R. Tolkien a su hijo Miguel


JOHN RONALD REUEL TOLKIEN (1892-1973) fue un filologo, lingüista y profesor universitario británico, conocido mundialmente como El Señor de los Anillos por ser el autor de la novela de este título que más tarde fue llevada al cine con gran éxito.

De 1925 a 1945, Tolkien ocupó la cátedra Rawlinson y Bosworth en la Universidad de Oxford, enseñando anglosajón y, de 1945 a 1959, fue profesor de Lengua y Literatura inglesa en Merton. La reina Isabel II lo nombró Comendador de la Orden del Imperio Británico el 28 de marzo de 1972.

Fue un devoto católico, y educó intensamente a sus hijos en su religión. En cierta ocasión su hijo Miguel escribe una carta a su padre quejándose de que los escándalos de la iglesia estaban enfriando su fe, y el padre le contesta dándole algunos consejos.

Reproduzco párrafos de esta carta y no la copio entera porque me parece que puede resultar un poco liosa, y más para los poco iniciados en la doctrina de la Iglesia Católica. Es bastante común que muchos mayores abandonen la religión cuando terminan su niñez y se queden con el Dios que se le explicó cuando eran niños. Podemos asegurar que estas personas no tienen idea de cómo es el Dios de los católicos ni de su religión.

Pensando en esto, y teniendo en cuenta los términos en los que redacta la carta este gran pensador, me ha parecido mas oportuno mostrar algunos párrafos de ésta y poner el comentario que se hace a los mismo.


Párrafos de la carta a su hijo Miguel

Pero tú hablas -le dice a su hijo Miguel de una «fe debilitada» por los escándalos de la propia Iglesia -curas, obispos o de los propios cristianos practicantes.

No se puede mantener una tradición de enseñanza o de verdadera ciencia sin escuelas y universidades, y eso significa que se necesitan también maestros y catedráticos. Tampoco se puede mantener una religión sin una iglesia y ministros; que la cuiden (estos son los sacerdotes y obispo y también los monjes.

Por mi parte, he comprobado que me he vuelto a la religión menos cínico, recordando mis propios pecados y locuras; y me doy cuenta de que el corazón de los hombres a menudo no es tan malo como sus actos, y rara vez tan malo como sus palabras. El «escándalo» a lo más es una ocasión de tentación (para dejar de creer), pero resulta conveniente porque tiende a apartar los ojos de nosotros mismos y de nuestros propios defectos para encontrar un chivo expiatorio (para evadir así nuestra propia responsabilidad).

Pero el acto de voluntad de la fe no es un momento único de decisión definitiva: es un acto permanente indefinidamente repetido, es decir, es un estado que debe prolongarse, de modo que rezamos por la obtención de una «perseverancia definitiva».

La tentación de la «incredulidad» significa realmente el rechazo a Cristo y sus demandas, y está siempre presente dentro de nosotros. Hay una parte que anhela encontrar una excusa para dejar de creer. Cuanto más fuerte es la tentación interior, más pronta y gravemente nos «escandalizarán» los demás. Creo que soy tan sensible como tú (o cualquier otro cristiano) a los «escándalos», tanto del clero como de los laicos. He sufrido mucho en mi vida por causa de sacerdotes estúpidos, cansados, obnubilados y aun malvados; pero ahora sé lo bastante de mí como para ser consciente de que no debo abandonar la Iglesia por ninguno de esos motivos. La única cura para el debilitamiento de la fe es la Comunión. El Santísimo Sacramento no opera del todo y de una vez en ninguno de nosotros. Como el acto de Fe, debe ser continuo y acrecentarse por el ejercicio. La frecuencia tiene los más altos efectos. (Comulgando siete veces a la semana resulta más nutritivo que siete veces con intervalos. También puedo recomendar como ejercicio para esto tomar la comunión en circunstancias que resulten adversas a tu gusto).


(Ve mejor una iglesia llena de gente vulgar que llena de beatos habiatuales). Elige a un sacerdote gangoso o charlatán o a un fraile orgulloso y vulgar; y una iglesia llena de los burgueses habituales, y de niños de mal comportamiento -de los que claman ser producto de las escuelas católicas, jovencitos sucios y con el cuello de la camisa abierto, mujeres de pantalones con los cabellos a la vez descuidados y descubiertos. Ve a tomar la comunión con ellos (y reza por ellos). Será lo mismo (o aún mejor) que una misa dicha hermosamente por un hombre visiblemente virtuoso, y compartida por unas pocas personas devotas y decorosas. (No pudo haber sido peor que la confusión suscitada por la alimentación de los Cinco Mil, después de la cual [Nuestro] Señor expuso la alimentación que estaba por venir.)

A mí me convence el derecho de Pedro, y mirando el mundo a nuestro alrededor no parece haber muchas dudas (si el Cristianismo es verdad) acerca de cuál sea la Verdadera Iglesia, el templo del Espíritu [1], agónico pero vivo, corrupto pero sagrado, autorreformado y reestablecido. Pero para mí esa Iglesia de la cual el Papa es la cabeza reconocida sobre la tierra tiene como principal reclamo que es la que siempre ha defendido (y defiende todavía) el Santísimo Sacramento, lo ha venerado en grado sumo y lo ha puesto (como Cristo evidentemente lo quiso) en primer lugar. Lo último que encomendó a san Pedro fue «Alimenta a mis ovejas», y como Sus palabras deben siempre entenderse literalmente, supongo que se refieren en primer término al Pan de la Vida que ofrecía a la samarita).

 


COMENTARIO

La carta habla por sí sola y dice mucho de lo que es un hombre que cree en Cristo presente en la Eucaristía.

J.R.R. Tolkien era un católico convencido, pero también tuvo que madurar y sufrir en su fe. Es por ello que su testimonio de escritor, de padre de familia, de creyente, mantiene una vitalidad extraordinaria. No sólo por las películas que han dado nueva vida a su trilogía más famosa, sino por otros textos que están siendo redescubiertos y valorados, y que dicen mucho a los que seguimos en camino hacia la Casa del Padre, especialmente cuando algunos, por culpa de escándalos reales (o inventados) empiezan a poner en duda su fe en Jesucristo y su confianza en la Iglesia católica.