LA GRACIA DE DIOS Y LOS SACRAMENTOS


Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Así se dirigió el ángel a la Virgen para anunciarle que era la elegida por Dios para madre de su Hijo. La gracia es lo más que el Hijo de Dios puede dar a su Madre, y se la da en plenitud. La llena de gracia. Y la gracia es lo más que  Dios puede darnos a nosotros. Vivir la Gracia de Dios es la mayor felicidad  que un hombre puede disfrutar en la tierra. Si es así, ¿por qué le damos tan poco valor? Nadie da valor a lo que no conoce. Dadle un  billete de gran valor a un niño y terminará tirándolo o rompiéndolo mi entras se muere de hambre. Dádselo a un hambriento  que conozca su valor y luchará a  muerte por conservarlo para remediar su hambruna. Así obra el hombre con la gracia de Dios. La desprecia mientras no la conoce, pero es capaz de morir por ella cuando conoce su valor.
La gracia santificante, que así llamamos a la gracia de Dios, es un don sobre natural  que Dios nos da porque quiere, para ayudarnos en nuestra salvación y en nuestro diario vivir aquí en la tierra.  Es una luz y una fuerza que nos conduce hacia el bien y que nos permite gozar de paz interior en esta vida, y nos hace disfrutar mientras esperamos la vida eterna. Quien a Dios tiene (quien tiene la gracia de Dios) nada le falta, sólo Dios basta para hacernos felices. ¿Crees esto? Yo sí, porque estoy convencido de que somos muchísimos los que hemos vivido esta experiencia, aunque haya otros muchos que no lo hayan experimentado.  Esta gracia nos la da Dios especialmente  a través de los sacramentos y de la oración. De aquí la necesidad de vivir unidos a una comunidad cristiana, porque si vivimos alejados de la Iglesia no podremos recibir los sacramentos, y porque  la fe en soledad se pierde fácilmente.
¿Qué efectos tiene la gracia santificante en quienes la reciben?  Además de ayudarnos a mantenernos en la fe, el efecto más importe de la gracia de Dios es que borra nuestros pecados y comunica a nuestra alma una vida sobrenatural, haciendo que conozcamos mejor a Dios y vivamos más unidos a Él, permitiéndonos ser más justos, y ayudándonos a vivir más santamente. Cuando estamos en gracia de Dios el Espíritu Santo habita en nosotros, y cambia por completo nuestra forma de ver las cosas y de actuar. Aparentemente parece que no cambia nada cuando la recibimos, pero percibimos que en lo más profundo de noso­tros mismos cambia todo, porque Dios se pone en el centro de nuestra vida y todo nuestro querer y nuestro actuar gira en torno a Él. Él es lo principal, y Él  nos infunde paz, seguridad, fuerza, esperanza,   alegría. Quienes han experimentado el don de la gracia saben que la mayor felicidad que un hombre puede sentir en esta vida es  la  que proviene de Dios.  Esta gracia es sensible para quien la recibe, y produce gozo y satisfacción interior, y  permanece en nosotros mientras no la perdamos por el pecado.
Si la gracia es algo que da Dios,  ¿qué podemos hacer nosotros por merecerla? No podemos hacer nada. Si nos la diera  por merecimiento nuestro ya no sería  una gracia, no sería  un regalo, sería un pago debido a nuestro merecimiento.  Pero sí podemos pedirla en nuestras oraciones, y si tenemos en cuenta que Cristo dijo que todo lo que pidiésemos al Padre en su nombre  nos lo concedería, podemos estar confiados en que nos concederá su gracia si así se la pedimos.     
Los sacramentos. Los sacramentos se definen como  signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por nuestro Señor Jesucristo. Son signos que hacemos para pedir a Dios que nos dé las gracias propias del Sacramento. Así en el sacramento del bautismo pedimos la gracia para vivir nuestra fe dentro de la Iglesia Católica; en el de la penitencia pedimos que perdone nuestros pecados, en el del matrimonio pedimos las gracias para vivir el matrimonio conforme a los planes de Dios, y así con los demás sacramentos. Lo importante en los  sacramentos para obtener sus gracias  no son los ritos, ni los papeles, ni las bendiciones; lo verdaderamente importante del sacramento es que quienes lo reciben cumplan los requisitos para recibirlos, esto es, estar en gracia de Dios y querer recibirlo para servir  mejor a Dios y a los hombres. Si se realiza con otro fin no hay sacramento. Las gracias que se reciben en el sacramento pueden perderse por el pecado, pero pueden recuperarse por el sacramento de le penitencia, creado para este fin: “A quienes perdonéis los pecado le quedan perdonados; a quienes se los retengáis le quedan retenidos” (Jn 23)       Jesús Hernández Criado

Volver a pagina principal