LA VIRGEN Y EL ROSARIO

 

Hace unos años asistía yo a unas reuniones en Madrid organizadas por Vida Ascendente. Una de las charlas que se dieron estaba dedicada a la Virgen. El ponente comentó varias de las muchas apariciones de la Virgen y terminó diciendo: llama la atención que en todas las apariciones recomiende vivamente el rezo del rosario. En aquel momento pasó por mi mente la imagen de las madres que se pasan la vida dando a sus hijos lo mejor que tienen, y siguiendo su recomendación  hice el propósito de rezarlo todos los días meditando sobre sus misterios.  Hoy estoy convencido de que ésta es una de las mejores decisiones que he tomado en la vida. No en vano los misterios que contemplamos en el rosario constituyen el fundamento de nuestras creencias religiosas, y meditar sobre ellos nos acerca al Dios inaccesible para nuestro entendimiento y nos hace percibir con más claridad nuestras propias limitaciones.  
Por otra parte, al meditar sobre las oraciones del rosario llama mi atención que de las dos oraciones más repetidas, el Padre nuestro, sea para pedir a Dios que nos conceda cosas: Venga a nosotros tu reino, danos nuestro pan de cada día, etc., mientras que en la otra, en el Avemaría, no le pedimos a la Virgen que nos conceda cosas, sino que ella pida a Dios por nosotros:”ruega por nosotros”, decimos. ¿Por qué no decimos danos tú la salvación, que es en definitiva lo que queremos pedir?  Porque ni ella ni los santos pueden concedernos nada. Sólo Dios puede concedernos lo que pedimos, porque sólo Él es el dueño y Señor de todas las cosas ¿Entonces -dirás- por qué no pedimos todo directamente a Dios y acabamos antes? La respuesta es bien sencilla. ¿A quién crees tú que hará más caso Dios, a ti o la Virgen y a los santos? Y también ¿No crees que dos personas pueden hacer más fuerza que una sola? Si pedimos juntos la Virgen, o el santo de nuestra devoción, y nosotros tendremos más posibilidades de conseguir algo que si lo pedimos nosotros solos. Además, la Virgen es el ser que más puede influir en Dios para que nos conceda lo que pedimos. Esa es su gran virtud y esa es nuestra gran esperanza de que Dios oiga nuestras peticiones, lo que no quiere decir que nos vaya a conceder siempre lo que pedimos, sino lo que más nos convenga.  
Unas líneas más para terminar de centrar la imagen de la Virgen.  Estamos acostumbrados a que nos presenten a la Virgen como un ser celestial con ropajes llamativos y encargada de dispensar gracias y favores terrenales a los mortales. Esa puede ser la Virgen del cielo, pero la que vivió en la tierra fue muy distinta. Aquí tuvo que compartir con los de su época las alegrías y las penas que nos acompañan a cualquier mortal en este valle de lágrimas.    
Veamos algunos pasajes de su vida. A edad muy temprana se queda embarazada sin intervención de su esposo. ¿Cómo explicar esto a su esposo recién casados? ¿Alguien había visto algo igual? ¿Cómo podría ser creída? Por mucho que afirmase que así era, nadie iba a creerla y quedaría por infiel ante los ojos de todo el mundo. Esperó a que Dios resolviese el problema, y lo resolvió favorablemente poniéndose en comunicación con su esposo. Después, próxima a dar a luz, tiene que salir de viaje y le llega el parto en un establo sin las más mínimas garantías higiénicas, sin ninguna comodidad y en un lugar donde no conocen a nadie. ¡Menudo apuro para la pareja! Más tarde tiene que emigrar a un país extraño para salvar la vida de su Hijo. ¿Qué suerte les iba a esperar en ese país ¿Cómo se las iban a arreglar para sobrevivir? Y cuando ya pasan los años y parece que todo va regularmente bien en la familia éste hijo se le marcha de casa y empieza a meterse contra los sacerdotes y los doctores de su propia religión en un pueblo eminentemente religioso. ¿Cómo él, el hijo de un carpintero, se atrevía a dar lecciones a los sabios de su pueblo?
Aquello no podía terminar bien, y así fue. Las autoridades religiosas lo acusaron de blasfemo y de sedición contra el Cesar y entre unos y otros lo condenaron a morir crucificado. Y la Virgen tuvo que aguantar todo aquello sin poder hacer nada para remediarlo.
Mucha confianza tuvo que tener en Dios para creer que todo aquello podía ser obra de un Dios inteligente, justo y misericordioso. Ni la racionalidad, ni la justicia, ni la misericordia se percibían por ninguna parte. Y la virgen, sin entender nada, siguió confiando en Dios y en su hijo. Que ella nos ayude a seguir confiando en Dios también a nosotros aún en medio de las circunstancias adversas de nuestra vida, o cuando arrecien las tentaciones sobre los misterios de nuestra fe ¡Santa María, madre de Dios y madre nuestra, ruega por nosotros ahora y siempre mientras estemos en este Valle de lágrimas!     Jesús Hernández Criado

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