DEJEMOS HACER A DIOS QUE SABE LO QUE HACE

Había una vez una señora muy devota se pasaba la vida sirviendo a Dios como mejor lo entendía. Por las mañanas iba a misa todos los días, y las tardes las dedicaba a visitar enfermos y atender a los pobres. Cuando llegaba la noche hacía examen de conciencia sobre lo que había hecho ese día y se sentía satisfecha.  
Vio tanto dolor en  sus visitas a los enfermos que empezó a sentir un terrible miedo al pensar que algún día tuviera que depender ella de los demás para todo como muchos de los que visitaba. No comprendo -decía- como Dios permite que sigan viviendo en ese estado. Tanto horror le causaba este pensamiento que encargó a su hijo que si algún día ella llegaba a quedarse en ese estado pidiera al médico que le quitase la vida,
Quiso Dios que un día tuviera un derrame cerebral que la dejó postrada en la cama en ese estado que tanta angustia le causaba. El hijo, impotente, la contemplaba en esa deplorable situación, pero no se atrevía a pedirle al médico que le pusiera la inyección letal que le permitiera tener una muerte digna, como dicen ahora. Los días iban pasando y el hijo poco a poco se fue acostumbrando a estar sentado junto a su madre, meditando una y otra vez sobre mil cosas y haciéndose mil preguntas sin encontrar respuestas para ellas. ¿Acabará todo con la muerte o habrá otra vida después de ésta como tantas veces le repetía su madre? ¿Por qué Dios permite estas cosas?  ¿Qué mal había hecho su madre para recibir ese castigo?  Y después de mucho tiempo pensando en estas cosas, y no encontrando nunca respuestas satisfactorias, un día se atrevió a rezar, cosa que hacía tiempo que no practicaba, pidiendo a Dios la muerte de su madre.
Junto a la enferma estaba también su inseparable cuidadora, una recién llegada de países lejanos que había venido a España en busca de trabajo para dar de comer a su familia. Mientras el hijo pedía la muerte de la enferma para evitarle su sufrimiento, la cuidadora imploraba fervientemente a ese mismo Dios que viviera más tiempo más para que sus hijos pudieran seguir comiendo. Durante la enfermedad, muchas personas fueron a visitar a la enferma, y al verla en aquel estado semivegetativo se hacían preguntas semejantes a las del hijo, y no pocas reaccionaban como él pensando en el después de la muerte y en la incomprensible actuación de Dios.  ¡Volvieron a pensar en Dios, cosa que habían dejado de hacer!
Murió la enferma, y las malas lenguas (o las buenas, no lo sé) decían que al morir subió al cielo y San Pedro la llamó para repasar juntos toda su vida y asignarle el lugar que le correspondía. La que antes de la enfermedad había hecho tantas obras de caridad vio con sorpresa que ninguna de éstas estaba anotada en su haber, y en cambio tenía anotadas otras que ella no recordaba haber hecho. Sorprendida por ello preguntó al santo portero cómo podía ser eso, y éste le contestó: Las obras buenas que hacías cuando estabas buena ya te las ha pagado Dios con la felicidad que sentías cuando las hacías. Por eso has vivido tan feliz en la tierra. Y viendo Dios tu buena disposición a servirle quiso darte aquella enfermedad para que viéndote así muchas personas reflexionasen y enmendasen sus errores, Aunque tú estabas inconsciente no eras un ser inútil. Gracias a tu enfermedad tu cuidadora ha dado de comer a sus hijos,  tu propio hijo ha vuelto al camino de la salvación, y muchas otras personas que te vieron tan desvalida reflexionaron y volvieron también al camino de la salvación. Por esto bueno que has hecho en tu enfermedad no has recibido nada a cambio en la tierra, y Dios nunca deja sin recompensa a quien le sirve.  Por esto ahora disfrutarás eternamente en el cielo de una mayor felicidad.  
Moraleja: Dejemos que Dios haga su trabajo. Él sabe lo que hace y quiere darnos lo mejor.  Confiemos en Él.   
Jesús Hernández Criado     

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