LA IGLESIA VISTA POR EL PAPA BENEDICTO XVI

         Para hablarnos de la Iglesia y sus problemas, nadie con más autoridad que el Papa. Recogemos aquí las contestaciones que dio a las preguntas del periodista Peter Seewald y que estan contenidas en su libro Luz del mundo.

  P. Santo Padre, la aportación de la Iglesia al desarrollo de la civilización ha sido siempre de gran relevancia. En cambio, hoy en día se extiende en muchos países una actitud de desprecio y también de una hostilidad cada vez más frecuente ante la religión cristiana. ¿Qué ha pasado realmente? 

R. En primer lugar, el desarrollo del pensamiento moderno centrado en el progreso y en la ciencia ha creado una mentalidad por la cual se cree poder hacer prescindible la "hipótesis de Dios” como lo expresaba Laplace. El hombre piensa hoy poder hace por sí mismo todo lo que antes sólo esperaba de Dios. Según ese modelo de pensamiento, que se considera científico, las cosas de la fe aparecen como arcaicas, míticas, como perteneciente a una civilización pasada. La religión, en todo caso la cristiana es encasillada como una reliquia del pasado. Ya en el siglo XVIII  la Ilustración anunció que, un día, también el papa, ese dalai lama de Europa, tendría que desaparecer, que la Ilustración iba a eliminar definitivamente esos remanentes míticos. 

P ¿Existe un problema de autoridad, puesto que una sociedad liberal no  admite que se le diga nada más? ¿O es también un problema de comunicación, porque la Iglesia, con sus valores aparentemente tradicionales con conceptos como pecado, arrepentimiento y conversión, no puede ya comunicarse?

  R. Yo diría que son ambas cosas. Ese pensamiento laicista que alcanza tantos éxitos y que contiene muchas cosas correctas ha modificado la orientación fundamental del hombre hacia la realidad. El hombre ya no busca más el misterio, lo divino, sino que cree saber que  la ciencia descifrará en algún momento  todo aquello que todavía no entendemos.

De ese modo, la cientificidad se ha convertido en la categoría suprema. La religión, como no es ciencia empírica, ha perdido  validez  y ya no encuentra espacio alguno. Ése es uno de los aspectos.

  ¿Y el otro?

  El otro es que justamente la ciencia ve ahora de nuevo sus limites, que muchos científicos dicen hoy que de alguna parte tiene que venir todo, que debemos volver a plantearnos esa pregunta. (La pregunta es: ¿Por que hay algo en lugar de nada y de donde viene lo que hay?) Con ello vuelve a crecer también una nueva comprensión de lo religioso, no como un fenómeno de naturaleza mitológica, arcaica, sino a partir de la conexión interior del Logos: según el modo como el evangelio ha querido y ha anunciado en realidad la fe.

  Qué significa eso?

  Significa que nos encontramos realmente en una era en la que se hace necesaria una nueva evangelización, en la que el único evangelio debe ser anunciado en su inmensa y permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión.

  Por supuesto, aun con todas sus transformaciones, el hombre sigue siendo siempre el mismo. No habría tantos creyentes si los hombres no siguieran entendiendo en el corazón que sí,  que lo que se dice en la religión es lo que necesitamos. La ciencia sola, en la medida en que se aísla y se hace autónoma, no cubre nuestra vida. Ella es un sector que nos aporta grandes cosas, pero depende a su vez de que el hombre siga siendo hombre.

Ya hemos visto que, si bien nuestra capacidad ha crecido, no lo ha hecho también nuestra grandeza y nuestra potencia moral y humana. En los muchos encuentros con los grandes jefes de Estado veo una fuerte consciencia de que, sin la fuerza de la autoridad religiosa, el mundo no puede funcionar 

¿Cree el Papa que la Iglesia está en decadencia?

P  ¿No se podría partir de la base de que, después de dos mil años, el cris­tianismo simplemente se ha agotado, del mismo modo como en la historia de la civilización se agotaron también otras grandes culturas?

R. Si se mira superficialmente y sólo se tiene en el campo visual el mundo occidental, podría pensarse de ese modo. Pero si se mira más a fondo, como me es posible justamente ahora a través de las visitas de los obispos de todo el mundo y de muchos otros encuentros, se ve que, en este momento, el cris­tianismo está desplegando al mismo tiempo una creatividad totalmente nueva.

En Brasil, por ejemplo, hay por una parte un gran creci­miento de las sectas, a menudo muy cuestionables porque, en su mayoría, sólo prometen prosperidad, éxito exterior. Pero hay también nuevas eclosiones católicas, un dinamismo de nuevos movimientos, por ejemplo, los Heraldos del Evangelio, jóvenes llenos de entusiasmo que han reconocido a Cristo como el Hijo de Dios y lo llevan al mundo. Como me decía el arzobispo de Sáo Paulo, allá surgen continuamente nuevos movimientos. Por tanto, hay un vigor de surgimiento y de nueva vida.

O bien pensemos en lo que significa la Iglesia para África. Allá, ella es a menudo lo único que permanece entre los trastornos y destrucciones de las guerras, es el único refugio donde se hace algo por los seres humanos. Ella se compro­mete para que la vida pueda continuar, para que se atienda a los enfermos, para que puedan venir niños al mundo y sean educados. Ella es una fuerza de vida que siempre de nuevo suscita entusiasmo y, después, crea nuevos caminos

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