SITUACION LIMITE EN EUROPA

Por Olegario González de Cardedal
Teólogo  español, amigo personal de Benedicto XVI y  durante largos años catedrático de la  Universidad Pontificia de Salamanca  

Europa, y dentro de ella especialmente España, tiene junto a los diarios problemas políticos y económicos otros de fondo, imperceptibles e invisibles para la inmensa mayoría. Se trata de acti­tudes e inclinaciones que se mueven y ponen en peligro los fundamentos sobre los que se apoya el diario vivir. Situaciones límite que invierten el ritmo de la historia y alteran el curso de la Humanidad; revolu­ciones silenciosas de cuya llegada, con pies de paloma, solo algunos se percatan. Pero ¿quién cree que estemos hoy ante situaciones límite? Se piensa que no exis­ten y que en caso de que aparecieran se da por supuesto que alguien detendría la catástrofe en el último instante. ¿Quién pensó de verdad durante el primer decenio del siglo XX, vivido en pura convicción de pacifismo, que era inminente una guerra mundial (1914)? Y lo que es más terrible: ¿cómo después de esa inmensa atrocidad, reveladora de las entrañas de crueldad de las naciones, fue posible la Segunda Guerra Mundial, con sus decenas de millo­nes de víctimas? El miedo a la destrucción física de la Humanidad detiene hoy ciertos experimentos físicos. Pero entretanto se olvidan y ocultan otros problemas igual­mente graves y no se ofrecen los criterios morales correspondientes para superarlos.
Se ha refinado la educación técnica de las nuevas generaciones; pero se ha desistido o considerado imposible una educación moral, pensada en el ámbito público de la sociedad, llevada a cabo por las distintas instancias e instituciones, protegida y fomentada por el Estado. Todo ha sido rele­gado al foro de la conciencia individual encerrada y cerrada sobre sí misma. Pero esta por sí sola ha sido, sigue siendo, inca­paz de responder a los asaltos y domina­ción de los poderes anónimos, que impo­nen por la publicidad, el comercio o la polí­tica otros criterios, donde lo moral no existe. Los presupuestos fundadores, los tres grandes universales, los tres grandes ideales de Europa, fueron la cultura (sabi­duría), la ética (responsabilidad) y la religión (abertura-respuesta a Dios); hoy son la tec­nología (transformación de la realidad material), la economía (creación de riqueza) y la política (ordenación técnica de la convi­vencia). Estas bellas conquistas necesitan de aquellos fundamentos, y sin ellos pueden volverse contra el hombre y aniquilarlo físi­ca o moralmente.
Si uno mira a Europa, hay hechos masivos que dejados a su lógica actual cambiarán la faz de este continente. En primer lugar, la caída demográfica. Europa no engendra en la proporción necesaria para subsistir como tal, no agradece la vida en la única forma que se la agradece de verdad: prolongán­dola, buscando nuevas formas de su afir­mación, defendiéndola de los peligros que la amenazan. Europa no tiene el crecimien­to demográfico necesario para continuar su propia historia, siendo dependiente de otros continentes. Si sigue así, Europa la harán quienes no nacieron europeos o habiendo nacido en Europa no se conside­ran occidentales, con lo que esto incluye: humanismo griego, revelación bíblica, la justicia y el derecho romano; las conquis­tas de la modernidad: ciencia, libertad, democracia, pluralismo, derechos huma­nos. Los musulmanes lo expresaron tan cla­ra como brutalmente, hablando desde Gaza a Israel: «Los vientres de nuestras  mujeres nos harán ganar las guerras». Vosotros tenéis armas; nosotros, hombres. Al final no prevalecen las armas, sino los hombres. Seréis dependientes de nosotros. El tiempo, con vuestro agotamiento y nues­tro crecimiento demográficos, trabajan a nuestro favor.
Otro hecho significativo para la perdura­ción espiritual de Europa es la crisis de Dios (olvido, negación, indiferencia) en el hori­zonte público. Benedicto XVI explicó con rigor y finura cómo esa llama que ha ilumi­nado durante siglos la vida de los europe­os, estando en la raíz de su vivir y morir, de sus mejores creaciones artísticas, literarias e institucionales, se está apagando en muchas zonas y capas sociales de nuestro continente. Esa llama había creado luz para el vivir, potencia activa para asumir empre­sas, vigor de espíritu para sostener dificul­tades y llevar a cabo heroísmos. Porque los seres humanos no pueden vivir sin esperanza, sin darse razón de su existencia, sin preguntarse por el fundamento del bien y del mal, por la relación con el prójimo, por el origen de su vida y por el sentido de su muerte. Todos estos interrogantes ¿pueden ser respondidos esperanzadamente desde instancias que no cuentan con un origen divino, que sea amor y libertad, que tenga historia con los hombres y les garantice futuro? La pregunta es inevitable: si Dios no existe, ¿quiénes somos nosotros?
Un tercer problema máximo es la nueva cultura hecha de pluralismo y diversidad, realizados en convergencia unas veces, en competencia otras, y algunas en lucha frontal. En un pluralismo que no explicita los fundamentos comunes y no accede a los veneros de la unidad, ¿qué lazos de unión, convivencia y colaboración unirán a los hombres? ¿Puede perdurar una sociedad que se comprende a sí misma como mera superposición de opiniones, individuos, lenguas, culturas, regiones, partidos, todos cerrados sobre sus intereses egoístas y sus esperanzas particulares? El pluralismo, que solo se preocupa del derecho a su expresión y no pregunta por el fundamento de la verdad universal, ¿no derivará en un relativismo, en el que todo puede ser verdad o mentira, bien o mal, ya que a la palabra pública solo le exige legitimidad formal? ¿Bastarán opiniones que reclaman derechos particulares sin remitir a razones que fundan verdad universal, comunicable y compartible? Hoy estamos ante dos interrogantes esenciales: ¿cuáles son los fundamentos de la democracia como contenido real de valores y no solo como principio formal de relaciones?; ¿qué hacer cuando las propuestas de justicia y verdad, presentes en una sociedad, recíprocamente se excluyen y destruyen? Un sistema democrático que solo apela a la democracia formal y al positivismo jurídico carece de capacidad para crear convivencia a largo plazo.
Otro problema de una Europa que se quiera proyecto moral de acuerdo con sus afirmaciones sobre la unidad, universalidad y derechos del hombre es el de la igualdad, fraternidad y justicia, de las que deriva la paz. Europa ha crecido en recursos humanos y técnicos. No los puede retener para sí sola ni crecer sin compartir sus posibilidades humanas, técnicas, empresariales y financieras con sus países vecinos. La inmensa pobreza de África es un grito de dolor junto a la inmensa riqueza de Europa. Un día África entera iniciará el camino hacia Europa para participar en el banque-te, al que estamos sentados los europeos. No emigrarán solo individuos; emigrarán regiones y naciones enteras. ¿Se los detendrá entonces con bombas atómicas como en su día previó algún organismo europeo? Solo un inmenso esfuerzo de promoción, colaboración y modernización de ese continente vecino llevado a cabo por Europa en respeto, responsabilidad y solidaridad con él hará posible que millones de africanos sobrevivan, y que los europeos mantengamos dignidad moral. La distancia entre Europa y África es resultado de siglos y necesitará siglos para ser corregida y superada. Que sea un esfuerzo titánico no nos libra de llevarlo a cabo.
Tarea sagrada de Europa hoy es abrir los ojos a estos abismos, recuperar su conciencia moral, creer y crecer en humanidad, abrirse a la Trascendencia y al prójimo.
Artículo publicado en ABC, 1 de octubre de 2014.

 

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